Reseña: Quien teme a la muerte

Reseña: Quien teme a la muerte

África postapocalíptica. El mundo ha cambiado drásticamente y, aún así, en una región de este continente dos pueblos siguen regando la tierra con sangre. Tras años esclavizando a la tribu okeke, los nurus han decidido seguir las indicaciones del Gran Libro y exterminarlos a todos. Una mujer okeke, superviviente de una terrible violación por parte de un general nuru, deambula por el desierto esperando a la muerte. En lugar de morir, da a luz a una niña con la piel y el pelo del color de la arena. Con la certeza de que su hija es especial, le da el nombre de Onyesonwu, que significa: «¿Quién teme a la muerte?».

Criada bajo la tutela de un tradicional y misterioso hechicero, Oyensonwu descubre su destino mágico, y su rebeldía la empujará a dejar su hogar en una aventura donde encontrará peligros que no podía imaginarse. Un viaje en el que deberá lidiar con la naturaleza, la tradición, la historia, el amor y su cultura, y aprender por qué su madre le dio ese nombre.

Mi vida se hizo añicos cuando tenía dieciséis años. Papá murió. Tenía un corazón muy fuerte, pero murió. ¿Fue por el calor y el humo de su herrería? Lo cierto es que nada podía apartarlo del trabajo, de su arte. Le encantaba doblegar el metal, hacer que le obedeciera. Pero su trabajo solo parecía fortalecerlo; era tan feliz en el taller. Así pues, ¿qué lo mató? Ni siquiera hoy lo sé a ciencia cierta. Espero que no tuviera nada que ver conmigo o con lo que hice en aquella época.

 

Así comienza Quien teme a la muerte, una novela que es la definición de que lo importante es el viaje hacia el final de la novela, como cuando ves una serie cuyo final ya conoces, pero no cómo llega hasta ahí.
Antes de nada, esta novela contiene temas duros y recurrentes, aunque no se ahonda mucho en ellos pues no son el eje de esta, como puedan ser la ablación genital o la violación como arma cultural (por así denominarla).

En Quien teme a la muerte la propia Onyesonwu, nuestra protagonista, es quien nos cuenta su historia y de cómo su vida cambió de pronto para dejar de ser algo más que una adolescente en un pueblo de África. Como si de su cronista se tratara, nos relata los grandes momentos de su vida a saltos hasta que abandona Jwahir para embarcarse en la gran aventura de su vida.

La primera parte de la novela se lee de la misma manera que contemplarías un paisaje en un día con niebla: sólo ves algunas partes, pero eres consciente de que hay mucho más que ver detrás. Así pues, la novela se estructura en tres partes que marcan los tres grandes puntos de inflexión en la vida de Onyesonwu como son: su autodescubrimiento, su aprendizaje y el viaje hacia su destino. De esta, indudablemente, la primera parte me resultó la más confusa y en la que más me costó entrar, pero es también la más corta.

Para cuando entramos en la segunda parte, la niebla ya se ha despejado y comenzamos a ver las piezas del rompecabezas con el que vamos a jugar. Comprendemos algo mejor qué es capaz de hacer Onyesonwu con sus poderes y qué reglas siguen, así como entender en qué consiste el conflicto okeke-nuru que tanto oímos durante la primera parte. No es hasta la tercera parte que por fin tenemos todas las piezas del puzle y podemos comprender el contexto en que Onyesonwu nos cuenta la historia «a nosotros».

Uno de los puntos más enriquecedores y que más contrasta con nuestra visión eurocentrista (que también se aplica a las producciones estadounidenses pues no dejan de beber de la misma fuente) es todas las descripciones cotidianas sobre la alimentación, la mística del desierto y cómo la gente lo comprende y se entiende con él. Estamos muy acostumbrados a encontrarnos bosques, caminos de montaña y paisajes que reconocemos en nuestra ficción, pero aquí, lógicamente, estamos ante un entorno nuevo que da ganas de comprender.

A través del viaje de nuestra protagonista podemos conocer las diferentes creencias y culturas que componen el mundo que Okorafor nos plantea con su propia mitología. El pasaje sobre el Pueblo Escarlata es sin duda el mejor de toda la novela y uno que por momentos no quería dejar.

Finalmente, y no por ello menos importantes, tenemos a los personajes que acompañan a Onye en la novela teniendo por un lado a Binta, a Diti y a Luyu con las que tiene un vínculo desde su Ceremonia del Undécimo. Cada una tiene su propio pasado e historia que se nos va esbozando poco a poco y de forma crudo y nada edulcorada. Aparte de ellas tres, tenemos a Mwita que es la persona más parecida a Onye pues quien mejor puede comprender por los cambios por los que está pasando. De ese grupo sin duda Luyu es junto a Mwita uno de los mayores apoyos de Onye siendo esa voz que la anima a no rendirse y cuya lealtad es férrea en todo momento. Diti y Binta, en cambio, están junto a ella más por la emoción de la aventura que por lo que ese viaje implica.

Quien teme a la muerte es una novela que trata temas duros sin banalizarlos, pero sin recrearse en ellos. Cuando Okorafor ahonda en estos temas, sobre todo en la violación, siempre responde a algo que quiere contar y siempre es en boca de mujeres.

Es una novela que, a pesar de ser larga, también es muy fácil de leer, aunque sólo tengas el tiempo para leer en el metro. Al igual que Binti Hogar, Quien teme a la muerte es una ventana necesaria a una cultura y un continente distinta a la europea hegemónica en nuestra literatura.

Quien teme a la muerte ha sido uno de los grandes descubrimientos de 2019 y ojalá Crononauta siga publicando estas auténticas novelazas.

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