Certamen: Caída

Certamen: Caída

Relato de MJ Ceruti.

Cuando eres una niña haces lo que se te dice y sientes lo que se te dice. Mucha gente no piensa en eso. Los niños nunca cuestionan su lugar en el mundo y obedecen siempre a los adultos porque no les queda más remedio. Darán por buena cualquier vida que les ofrezcas, aunque sea una monstruosidad. Los hijos de alcohólicos, por ejemplo, piensan que los demás niños también tienen que arrastrar a sus padres borrachos a la cama y pasarse la vida escondiendo botellas. Yo, por mi parte, pensaba que era normal ver a los ángeles y que todo el mundo había oído hablar de la Fundación. No es que yo supiera qué hacía exactamente la Fundación, claro. Era una niña. Solo veía unos papeles oficiales que no podía leer y seguía unos ritos que no terminaba de comprender. Pero había sabido desde pequeña que el mundo como lo conocíamos tarde o temprano acabaría en una terrible hecatombe, que Dios y el Demonio lucharían una última vez y que la Fundación era la que estudiaba todo eso. Era por su trabajo en la Fundación, me decían, que mi padre no vivía conmigo. De mi madre no sabía nada. Hice preguntas, claro, al ver que otros niños tenían mamá, pero nadie nunca me contestó nada interesante. Que se había ido, que no importaba, que mi padre me quería mucho y que la Fundación ahora era mi familia. Una niña tan pequeña no entiende ninguna de esas cosas, pero las acepta porque es incapaz de imaginar que los adultos a su alrededor sean incompetentes o mentirosos. Mi madre no estaba, y mi padre tenía un trabajo muy importante que lo obligaba a vivir como numerario en una de las casas comunes de la Fundación, en un lugar cuyo nombre no me decía nada, así que yo me crie con la tía Elisa.
Nuestro piso era grande y frío, de techos altos con moldura y muebles de pesada tapicería. De antes de la guerra, pienso ahora. Mi tía Elisa no era familia de mi padre, que yo sepa; creo que solo era un miembro inferior de la Fundación a quien se me había indicado que llamara tía. La recuerdo muy delgada, sus piernas surgiendo como palitos de sus faldas de lápiz y nerviosa como un pájaro. Tenía unos humores muy raros. Cuando estaba bien, me ayudaba con los deberes y me contaba cuentos fascinantes sobre la Fundación, sobre el origen del mundo y sobre ese otro mundo nuevo que construiríamos una vez el viejo se derrumbara. Cuando estaba mal, a veces se olvidaba de darme de comer o de recogerme del colegio y se pasaba días mirando al vacío. No sé qué le pasaba. Recuerdo quererla, como todos los niños quieren a sus cuidadores por muy horribles que sean, pero había otras personas cuya compañía prefería. Como el cajero más joven del supermercado de la esquina, que siempre me preguntaba cómo estaba y me llamaba «chiquita». O Lulú, la treintañera morena que trabajaba de portera en nuestro edificio y que a diario me sonreía. A veces también hablaba con mis peluches o con la única foto de mi padre que poseía, un retrato muy serio enmarcado en bronce. Mi padre me escribía una vez al mes cartas a la antigua en un papel satinado y muy finito que tía Elisa me leía en voz alta y luego guardaba bajo llave. Eran mensajes muy serios acerca de nuestra misión en el mundo, del Apocalipsis que se avecinaba, de la importancia de cultivar mis poderes, pues aquellos que podían ver a los ángeles serían buscados por el Señor tras el advenimiento del nuevo orden. «Advenimiento», como si yo supiera qué significaba eso. Nunca me pedía que le contestara, creo que de eso se encargaba la tía Elisa. No sé cómo sonaba la voz de mi padre.
¿Veis todo eso? Yo pensaba que era normal, igual que tomaba por normal la presencia de los ángeles a nuestro alrededor. Los ángeles… son complicados. Fueron los primogénitos de Dios, y técnicamente deberían ser bellos, etéreos e invencibles, pero algo fue mal en el proceso. Dios creó cuerpos tangibles y los llenó con su poder; un poder que debería estar en todas partes, no contenido en una forma física. Pueden pensar y sentir como los humanos, pero pierden el control con frecuencia, porque incluso sus emociones son demasiado grandes para sus cuerpos. Cuando un ángel ama, un país entero tiene buena suerte durante un mes. Pero haz enfadar a un ángel y habrá una plaga de muertes infantiles en medio mundo. Por eso se vuelven locos: son demasiado poderosos para su propio bien. Muchos acaban aquí en la Tierra vagando. Desde que tengo memoria he podido verlos aovillados en la acera, descalzos y sucios, o lloriqueando en la barra de los bares. Alguna vez vi a Dios intentando llamarlos de vuelta, un haz de luz abriéndose paso entre las nubes o cruzando un techo de yeso como si fuera papel. Casi nunca funcionaba: solían llorar y gritar que no querían volver, que ya no más por favor y gatear tratando de esconderse. Nadie los veía salvo yo. Son muy poderosos y muy frágiles. Si fueran humanos diría que tienen tendencia al trastorno límite de la personalidad. Pero son ángeles, así que a saber.

El día antes de que acabara el mundo, tía Elisa estuvo rara. ¿Percibiría algo o sería uno de sus humores? Yo, que había pasado mis escasos seis años escuchando día tras día que el fin vendría y que yo sería un instrumento del Señor, no sentí nada. La sopa estaba fría esa noche y mi cuarto también. La calefacción se había estropeado de nuevo.
Empezó con calor. El asfalto de la ciudad comenzó a calentarse, del centro hacia afuera, expandiéndose hacia los barrios periféricos y luego hacia los parches rurales que la rodeaban. Los transeúntes madrugadores tuvieron un par de horas para sentirse confusos ante esa extraña oleada de calor a finales de otoño, antes de que el asfalto se derritiera y empezara el derrumbe de edificios y la lluvia de meteoritos.
La tía Elisa me sacó de la cama a las siete de la mañana cuando los cimientos de nuestra manzana ya habían empezado a vibrar. Estaba histérica como nunca la había visto antes. Hablaba sin parar, a ratos instrucciones y a ratos fragmentos de la Biblia, revolviendo los cajones tratando de vestirme y cuando las ventanas empezaron a reventar pasó a pedir misericordia a gritos. Yo me puse a llorar, como es lógico pues tenía seis años, el mundo se acababa y la única familia que me quedaba se había olvidado de su sagrada misión y andaba aterrorizada por su propio pellejo. Ni se me ocurrió buscar ángeles o esperar a que Dios extendiera su gloriosa mano y me indicara mi cometido. La tía Elisa me arrastró escaleras abajo, me tropecé, me golpeé la rodilla en un escalón y seguí llorando mientras corríamos por las calles, cegada por el polvo y ensordecida por las explosiones. Después, algo se derrumbó sobre nosotras como si el cielo gritara y alguien me tiró al suelo.
Se me llenó la boca de tierra y un sollozo que no pude parar a tiempo hizo que me la tragara. Creí que iba a ahogarme y a morirme. Sentí pánico y pena por mí misma. Pero de inmediato el peso que me aplastaba contra el suelo se alzó y noté una mano limpiándome la boca y otra dándome golpecitos en la espalda.
—¿Estás bien, Micaela?
No era la tía Elisa. Era Lulú, la portera de nuestro edificio. Su pelo y su piel estaban grises de polvo. Daba un poco de miedo así, pero el alivio de encontrarme a alguien conocido fue tan intenso que grité su nombre y me arrojé a sus brazos. Dios, cómo confían los niños.
—Tenemos que irnos, Micaela. No es seguro.
—El mundo se está acabando, Lulú —me vi en la necesidad de explicar. La pobre no tenía por qué saberlo.
—Lo sé.
—No me puedo ir. Dios me va a llamar —continué con paciencia; ahora que había una adulta responsable en escena, ya no tenía tanto miedo. Empecé a recitar—: «Al final de los días, aquellos que ven a los ángeles serán los primeros en contemplar el rostro de Dios…»
—Micaela —me interrumpió Lulú, mirándome con intensidad, por primera vez reparé en el halo de luz dorada en sus ojos negros y en cómo las partículas de polvo se desprendían solas de su piel, en la energía vibrante que venía de ella en oleadas irregulares, como si estuviera tratando de contenerla. Yo había sentido una energía parecida antes cuando los rayos bajaban del cielo buscando ángeles caídos. De repente la confusión se despejó en mi mente infantil. Dios vendría a buscarme, siempre me lo habían dicho.
—¡Eres tú! —exclamé—. ¡Eres tú!
—Cariño, tenemos que irnos ya —insistió Lulú con dulzura—. La ciudad no durará mucho más en pie.
Me pareció justo.
—¿Dónde está la tía Elisa?
La expresión serena de Lulú se ensombreció por un instante. Busqué a mi alrededor. El bloque de oficinas que se cernía sobre nosotras solo se había derrumbado parcialmente; aún se balanceaba, ominoso, y la calle estaba inundada de cascotes. No vi a la tía Elisa, solo sus piernas. Se le habían corrido las medias y había perdido un zapato, eso lo recuerdo con claridad. La tía Elisa nunca habría ido a ninguna parte solo con un zapato. El suelo tembló. Yo empecé a gritar de nuevo. Lulú me tomó en brazos y salió disparada mientras el edificio terminaba de colapsar, sorteando las grietas que se abrían en el suelo con velocidad sobrehumana. Mientras volábamos para salvar mi vida sostuvo mi cabeza todo el tiempo.
Me pareció que viajábamos durante una eternidad y cuando por fin nos refugiamos en una estación de tren a las afueras de la ciudad, parecía estar cayendo la tarde. Ahora sé que el humo y el polvo bloqueaban el sol, que las mismas fuerzas que estaban rompiendo el espacio rompían también el tiempo haciendo que contar las horas ya no tuviera sentido. Aquel día, no tenía cómo saberlo. Lulú me sentó delicadamente en uno de los bancos, me limpió la mugre de la cara y me dio una manzana sacada de algún recoveco de su sudadera gris. Saltó al alféizar de una de las ventanas, escrutando los restos humeantes de la ciudad que cortaban el horizonte.
—Come, Micaela. No sé cuándo tendremos que volver a irnos.
—¿No deberíamos esperar a que venga la Fundación? —pregunté, cuidándome de tragar antes. La tía Elisa siempre había sido muy severa al respecto.
—Los de la Fundación son unos necios —replicó Lulú, suave pero amarga—. Nunca han hecho nada útil. Estudiar, recopilar, calcular. Nada de eso ha podido detener este desastre.
—Mi papá es de la Fundación —protesté ofendida.
—Así es. ¿Y tú lo has visto alguna vez? —me quedé callada. Qué situación tan extraña para alguien tan pequeño: sabía que mi padre existía, pero nunca lo había visto en persona. Como he dicho antes, los niños siempre creen que su vida es normal.
—No…
—Por supuesto que no. A la gente de la Fundación le importan más sus profecías que las personas con quienes comparten el mundo. ¿A que tampoco te contaron nunca nada de tu madre?
Paré las orejas.
—¿Tú sabes qué pasó con mi madre?
Lulú asintió.
—Tu padre la conoció cuando estudiaba en la universidad. Ella era camarera. Tu padre la despreciaba por eso, aunque nunca lo admitió. Cuando tú naciste, ella te dejó en la puerta de la Fundación con una carta y se fue.
—¿Mamá se fue? —noté el suelo temblar, como si bajo nuestros pies hubiera un mundo invertido sobre el que marchase un ejército. Lulú miró abajo antes de volver a mirarme a mí.
—¿Sabes por qué puedes ver a los ángeles, Micaela?
Negué con la cabeza.
—Porque tu madre era un ángel. Tu padre no lo sabía. Mira, los ángeles solo son invisibles a los humanos cuando no están disfrazados. Tú ves a los ángeles caídos, los que están tan enfermos que ya no pueden mantener su apariencia humana. Pero cuando un ángel hace el esfuerzo consciente de camuflarse, nadie puede distinguirlos. Ni siquiera tú —sonrió con complicidad.
—Pero entonces la Fundación…
—Micaela, ¿no lo entiendes? —me interrumpió Lulú de nuevo—. La Fundación no sabe nada. Tu padre tuvo un romance con un ángel y se morirá sin saberlo. Llevan siglos repitiendo que Dios bajará a la Tierra a reclamar a sus ángeles y que peleará con el Demonio una última vez, pero no tienen ni idea de qué significa eso.
Agaché la cabeza, como había aprendido a hacer cuando se me reprendía. Lulú se bajó de la ventana, sentándose a mi lado y rodeándome con un brazo.
—Perdóname, cielo. No estés triste. —Me acurruqué contra Lulú, buscando desesperadamente calidez y suavidad. No era más que una niña en mitad del fin del mundo—. Lo siento. No quería hablarte así.
—¿Sabes dónde está mi mamá? —le pregunté, empezando a llorar. En ese momento no entendí por qué.
—Murió —dijo Lulú con cuidado—. Los ángeles son inmortales, pero cuando enferman empiezan a diluirse y a veces desaparecen. Creo que por eso ella te dejó con tu padre. Sabía que estaba perdiendo la cabeza y creyó que él te cuidaría.
—¿Cómo sabes?
—Sé lo que pasa con todos los ángeles. Siempre lo sé.
Sonó una explosión a lo lejos. El cielo estaba cada vez más oscuro. Lulú me meció, cantando en un idioma que yo no entendía y sentí que la quería. Tuve un miedo terrible de que ella también se fuera. La apreté fuerte.
—Yo no te voy a dejar. Te lo prometo —susurró ella en algún punto. No le pregunté cómo sabía lo que yo estaba pensando.
No sé cuánto tiempo estuvimos abrazadas en la oscuridad, una niña llorosa aovillada contra el costado de un ente supremo. Pero sí sé que las dos lo sentimos a la vez: el aire vibró, como si algo enorme estuviera a punto de pasar y noté la energía que salía de Lulú encrespándose y extendiéndose en todas direcciones.
—Oh no —dijo, poniéndose de pie y mirando hacia el rectángulo de cielo grisáceo que era la puerta—. Ya ha empezado.
—¿Empezado?
El cielo tronó. Supe que no era una tormenta normal.
—La batalla final —dijo Lulú y volví a notar amargura en su voz. Corrí a su lado, asustada.
—¿Quieres decir que el Demonio está ahí afuera?
Por primera vez, Lulú se mostró confundida, parpadeando varias veces. Luego se agachó a mi lado, tomándome la mano con una ternura infinita.
—Oh, Micaela. Ha habido un malentendido. Yo soy el Demonio —miró temerosa al exterior—. El que está ahí fuera es Dios.
Lo oí unos segundos antes de que ocurriera. Un silbido. Lulú me tomó en brazos de nuevo y nos proyectó fuera de la estación justo antes de que esta estallara en llamas y escombros. Rodamos por el andén y Lulú me agarró para que no me cayera al hueco de las vías. Se puso de pie solo con las piernas, ayudándome a hacer otro tanto y pude notar que por primera vez no estaba serena, si no tensa. Tan tensa que sus músculos pulsaban. Levantó los ojos hacia el cielo.
—«Dios baja a la Tierra a reclamar a sus ángeles» —susurró con voz quebrada. El cielo se iluminó de nuevo, el aire se cargó de estática y, de repente todo se congeló: las motas de polvo y ceniza se detuvieron en el aire, las llamas dejaron de restallar y las nubes sucias que cubrían el cielo cesaron de arremolinarse. La piel me hormigueaba. Una luz más intensa y dolorosa que la del sol bañó el andén: los cielos se abrieron de golpe en un azul sobrenatural. Lulú me escondió detrás de ella. Por encima de su cadera vi a Dios descender a la Tierra.
No me resultó extraño que se pareciese a la foto de mi padre que tenía en mi habitación. Nunca le he preguntado a Lulú qué vio ella.
Su voz podría ser la voz de cualquiera.
—Lucifer. Hijita.
—No.
Lulú sonó asustada y me preocupé.
—Qué agresiva. Cálmate, cariño. Solo he venido a buscarte. —Dios hablaba con calma y con gracia, como un actor. «Con carisma», diría hoy.
—No. No quiero ir contigo. Vete.
—¿Ni siquiera vas a escuchar lo que tengo que decir?
—No. Vete.
—Lucifer, no seas mala. ¿Qué te habrá hecho tu pobre padre para que lo trates así?
Aun desde donde estaba vi que a Lulú le temblaban las manos. Apretó los puños antes de hablar de nuevo.
—¿Es que no me has castigado bastante, que sigues volviendo a joderme?
—¿Castigarte? ¡Jamás, hija, jamás! Yo soy tu padre, lo que quería era que aprendieras. ¿No has aprendido todavía?
—Basta.
—Qué vergüenza, Lucifer. Tantos milenios y sigues siendo una niña. —Dios suspiró y empezó a pasearse por el andén, como pensando. Lulú no le quitaba el ojo de encima—. Esperaba que ya hubieras reflexionado sobre lo que hiciste y pudiéramos hablar como gente normal, en lugar de ponerte histérica. Porque ya sabemos qué pasa cuando te pones histérica, ¿verdad?
Yo tenía seis años y no sabía de la existencia de la palabra «condescendiente», igual que tampoco entendía la palabra «advenimiento». Pero que no tengas palabras para describir algo no significa que no puedas verlo.
—¡Yo no soy la que se pone histérica! —gritó Lulú, pero le chirrió la voz. Vi la humillación en su cara. Dios volvió a levantar una ceja.
—Lucifer, cariño, no pasa nada. Es un problema que tienes, ya está. Tienes muy mal carácter y no sabes controlarlo, masacras a inocentes…
—Mi trabajo es castigar a los inicuos —gruñó Lulú, luchando por mantener la calma—. Masacrar inocentes es tu tarea.
—No digas esas cosas, Lucifer. Entiendo que estés frustrada, pero no me ataques así. Mi primera preocupación siempre fuisteis tú y tus hermanos.
—Mentira.
—¿Cómo puedes decirme eso? —se indignó Dios, pero de repente sonrió—. ¡Ay, el terror del mundo antiguo! Mi hijita mayor, la peste y la calamidad. Estaba tan orgulloso de ti…
—Basta.
—…pero tuviste que estropearlo todo y montar una escenita. ¿Por qué, Lucifer?
—¡Estaba enferma! —bramó Lulú de pronto y por un instante la vi como era verdaderamente: una criatura tonante y aterradora con la voz como una campana. Me asusté. Luego vi que sus ojos seguían húmedos—. ¡Estaba enferma, maldita sea, como todos mis hermanos! ¡Míranos! ¡El ejército de Dios reducido a un puñado de criaturas rotas! ¡Nos hiciste mal, padre! —Era la primera vez que la oía llamarlo «padre». Sonaba raro—. ¡Nos veías quebrarnos y caer y aun así nos seguías enviando a la Tierra una y otra vez para tu puta cruzada! ¡Tú nos hiciste esto!
—Ah, no —La cortó Dios, ofendido—. No te atrevas a hacerme quedar como el malo, Lucifer. Aquí todos hemos cometido errores, incluida tú. Me atrevería a decir que tú más.
—¡Yo solo seguía tus órdenes! Yo solo…
—Mira, Lucifer, yo me sacrifiqué por vosotros. Sacrifiqué cosas que ni siquiera podéis imaginar. —Dios estaba serio ahora—. Era mucho pedir que hicierais algo por mí, ¿eh? ¿Era mucho pedir que por una vez hicieras tu trabajo? De verdad, Lucifer, lo haces sonar como si yo fuera un monstruo o algo. ¿Qué te he hecho en realidad? ¿Eh? ¿Qué te hice para que me odies tanto?
—Estaba enferma… —Las lágrimas de Lulú finalmente empezaron a caer; las lágrimas más gruesas que yo había visto nunca. Dios torció el gesto con desagrado.
—Ugh, por favor, ¿por qué siempre tienes que llorar? —Suspiró—. Qué manipuladora eres, hija mía.
—Tú me hiciste esto. Tú nos hiciste esto. —A Lulú casi no le salía la voz.
—Basta. Si te pones irracional no pienso hablar contigo. —Dios hizo el amago de darse la vuelta para marcharse.
—¡Yo soy tu hija! —rugió Lulú, pero estaba vez no vi aparecer su halo de fuego; era una mujer muy sucia que lloraba con todas sus ganas—. ¡Tú me creaste! ¡Tú pusiste tu poder en mí y te sentaste a ver cómo me destruía! —Lulú sorbía por la nariz y babeaba al llorar. No sabía que los adultos también hacían eso—. ¡Tú nos dijiste que estabas «decepcionado» por nuestra debilidad y le diste el mundo a los humanos; tú me arrancaste las alas y me echaste cuando te hice ver lo que nos habías hecho! ¡Nunca has querido admitirlo! ¡Llevo milenios escondiéndome de ti! ¡Padre de mierda, con tu hueste de hijos torcidos!
—No te consiento que me hables así.
—¡Míranos! ¡Nos has visto sufrir durante eones y nunca has movido un dedo! Miles de mis hermanos han desaparecido… —de repente sus rodillas cedieron y cayó al suelo del andén como si le hubieran cortado las cuerdas. Me acerqué a ella, preocupada, pero no me atreví a tocarla—. Mis hermanos… mis hermanos están muertos…
Lulú se abrazó el estómago, sollozando con la boca abierta. Era la segunda vez aquel día que veía a alguien que yo consideraba responsable cayéndose a pedazos. Esto sí que era el fin del mundo.
—¿Ves? No se puede hablar contigo —dijo Dios, negando con la cabeza—. De verdad, no sé en qué me habré equivocado. Tú eras mi favorita y mírate ahora. Y pensar que me tomado todas estas molestias por ti. ¿No te da vergüenza? Tu padre ha dejado caer el Apocalipsis sobre el mundo solo para volver a verte y así se lo agradeces. ¿Por qué eres tan mala, Lucifer?
Lulú seguía llorando. Entre sus labios brillantes de saliva me pareció leer, impalpable, un «te odio».
En mis seis años de vida nunca me había visto en la tesitura de tener de consolar a un adulto. Y me alegro, porque un niño no tendría que hacer tal cosa jamás. Pero el mundo estaba cabeza abajo, todo lo que yo creía había volado por los aires y había descubierto que a veces los padres hacen llorar a sus hijos, aunque sean adultos. No me pareció bien. Finalmente toqué a Lulú, abrazándola por el hombro. Ella levantó la cabeza y me miró sorprendida. Sus ojos eran los mismos de siempre. No sabía qué decirle para que se sintiera mejor, así que la apreté más y la sacudí un poco, como para reiterar mi abrazo. La verdad, no estaba muy educada en eso de abrazar. Lulú me apretó también.
Dios tenía los brazos cruzados y estudiaba el ojo de cielo azul petrificado sobre nosotros.
—Mira el ejemplo que le estás dando a esa pobre niña, Lucifer. ¿No te da vergüenza?
Los ojos de Lulú volvieron él un instante; yo tiré de ella de nuevo. No quería que lo mirara a él, quería que me mirara a mí.
—No llores, Lulú —le dije.
Y a través de las lágrimas y los mocos, Lulú me sonrió, frágil. Recordé, fugazmente, que ella me había salvado la vida ese mismo día.
Dios bufó desde muy lejos.
—¿Piensas pasarte todo el Apocalipsis en el suelo?
—Cállate —susurró Lulú.
—Ya te he dicho que no pienso hablar contigo si te po…
—¡Cállate! —Sosteniéndome en brazos, Lulú se puso en pie de nuevo. Me alucinaba cómo se levantaba solo con las piernas. Le iba a pedir que me enseñara—. No tienes nada que hacer aquí. Quiero que te vayas.
—Lucifer, cariño mío, no es necesario hacer dramas, ¿sabes?
El bufido de Lulú sonó cansadísimo.
—Habla el que acaba de destruir el trabajo de su vida solo para intimidar a su hija.
—¿Intimidar? —Indignación de nuevo—. Yo no intimido, Lucifer, ¿cómo puedes decir eso? ¡Yo te quiero! Me preocupo por ti.
—Sí, me quieres —concedió Lulú—. Y ese amor me ha destruido, ha destruido a mis hermanos y ha destruido este mundo. Tu amor es sucio y egoísta, no lo quiero.
—¿Cómo le hablas así a tu padre? —Dios no podía creérselo.
—Vete, viejo. ¿Qué quieres de mí? Nada. No me quieres de vuelta, no me quieres como soy, solo quieres recordarme quién manda. Es lo que haces siempre. Ya basta.
—Mira, Lucifer. —Dios levantó un dedo y el cielo abierto sobre la estación empezó a oscurecerse—. Ya me he cansado de tus caprichitos. Me daría vergüenza hacerte daño, pero lo haré si es necesario. Tú no quieres que tu padre te haga daño, ¿verdad?
Bajo mi cuerpo sentí la piel de Lulú hormiguear, como si hubiera algo vivo debajo. Dos rayas verticales se encendieron en su espalda, bajo la ropa. Dos cicatrices de luz. El pelo se me empezó a erizar.
—¿Eh? ¿A que no? Te hice daño una vez, Lucifer, puedo volver a hacértelo si me obligas.
—Vete.
Oí los cascotes de la estación vibrar sobre el andén. Miré al suelo: un halo brillaba en torno a los pies de Lulú. Dios también lo había notado y no parecía contento.
—Lucifer, hija, ¿qué haces?
—He dicho que te vayas. Vete —La voz de Lulú era firme, aunque se notaba que le costaba esfuerzo—. Vete y no vuelvas. Déjame en paz.
—Tú a mí no me echas de ninguna parte, ¿me oyes? –protestó Dios–. Tú a mí no me hablas en ese tono. Soy tu padre.
–Así es –dijo Lulú, y sonrió con desprecio–. Y yo soy la primera de tus hijas. El lucero del alba. La que trae el día.
El suelo tembló. Los ojos de Lulú ardían.
—Aquella en quien pusiste toda tu luz y toda tu esperanza.
—Lucifer, hijita, para… —Por primera vez, Dios parecía alarmado. Los escombros corrían a su alrededor como si estuvieran vivos. La luz en torno a Lulú vibraba en haces casi sólidos.
—Tú me hiciste quien soy. Tú me hiciste así. ¿A que ahora lo lamentas?
—No sé qué pretendes, pero para inmediatamente. Escucha a tu padre, Lucifer.
—No. —Lulú no estaba enfadada, pero daba miedo. Me aferré a ella—. Nunca más.
—Lucifer. —Un viento brutal empezó a soplar, arrastrando polvo y ceniza, desplazando los guijarros. Aullaba—. ¡Lucifer, te ordeno que te detengas!
—Vete y no vuelvas, padre. No quiero verte más.
—¡Lucifer!
—Vete.
—¡Lucifer!
La luz me cegó. Oí a Dios gritar antes de que un estruendo inhumano me dejara sorda. Yo también grité, sin oír mi propia voz, escondiendo la cabeza en el hombro de Lulú, clavándole las uñas en el cuello. Por segunda vez ese día, pensé que iba a morir. Luego, todo terminó.
Primero desapareció la luz; luego, el estruendo. Poco a poco fui recuperando la consciencia: aún podía pensar, todavía tenía cuerpo y seguía gritando. Dejé de hacerlo. Lulú aún me tenía en brazos y la energía hormigueante que venía de ella ya se había calmado. Volvía a ser la Lulú de siempre.
Ninguna de las dos habló durante un rato. Luego Lulú suspiró profundamente y noté sus músculos destensarse. La estación derruida había quedado en calma y la luz que venía del cielo encapotado volvía a ser pardusca. Ya no se oían explosiones ni truenos.
—¿Lo has matado? —pregunté. Lulú exhaló sorprendida, me apretó más fuerte y empezó a reírse con ganas. Me tranquilizó que se riera.
—¿Matarlo? ¡No! No se puede matar a Dios. —Me bajó finalmente al suelo y comprobé que mis piernas me sostenían bien—. Solo lo he expulsado.
—¿Eso se puede hacer?
—Yo puedo hacerlo. La verdad, ojalá lo hubiera hecho antes.
Lulú se arrodilló a mi lado para limpiarme. Fue entonces cuando me di cuenta de que llevaba un jersey, zapatillas de deporte y pijama. La tía Elisa no había acabado de vestirme. Me pregunté si debería llorar de nuevo por ella. Al fin y al cabo, estaba muerta.
—Voy en pijama —dije. Lulú sonrió.
—Estarás cómoda, entonces.
—Sí.
Lulú puso las manos en jarras y miró al cielo, estudiando las nubes. Me pareció que el día se aclaraba.
—¿Qué hacemos ahora? —pregunté.
Lulú frunció los labios, pensando.
—No sé. En realidad, ahora podríamos hacer lo que quisiéramos. Contando con las limitaciones, claro está —dijo, indicando el mundo en ruinas con la mano—. ¿Qué quieres hacer tú?
Aquella pregunta me confundió. Era la primera vez que un adulto me preguntaba qué quería.
—No… no lo sé. —Me retorcí las manos, temiendo dar una respuesta errónea.
—Vale. Es una pregunta demasiado general. A ver así: ¿quieres ir a buscar a tu padre o quieres que busquemos a otra gente?
—¿A otra gente?
—Otras personas con las que podamos construir un lugar para vivir. Al fin y al cabo —Lulú volvió a mirar las nubes—, habrá que arreglar el desastre que ha dejado papá. Necesitaremos ayuda. ¿Quieres que sea tu padre o buscamos a otras personas?
Pensé durante un instante.
—No quiero buscar a mi padre.
Lulú asintió. No me preguntó por qué, ni mostró ninguna emoción al respecto, solo aceptó mi decisión. Yo era demasiado pequeña para explicar por qué no quería ir en busca de un progenitor mítico, pero sentí que era lo correcto. Lulú me tendió la mano.
—Parece que estamos tú y yo solas, entonces. Al menos de momento. ¿Nos vamos?
Corrí a tomar su mano.
—Sí, vámonos.
Esta vez no me cogió en brazos ni saltó a través del tiempo y el espacio. Ya había pasado lo peor. Simplemente nos agarramos de las manos y empezamos a caminar hacia adelante.

Y eso hicimos desde entonces. Caminar a través de las llanuras desoladas y las ciudades derruidas, buscando supervivientes y ayudando a levantar asentamientos. No volví a llorar por mi vida perdida; lloraba por otras cosas como rodillas peladas o pequeños disgustos. Lulú no se molestaba por eso. Me enseñaba a curar heridas, a asistir partos y a construir refugios. También jugaba conmigo. A veces gritaba «¡a que no me atrapas!» y las dos corríamos por el horizonte de la Tierra arrasada, riéndonos como tontas ante los ojos atónitos de otros supervivientes.
Un día, cuando yo ya tenía dieciséis o diecisiete años, Lulú me dijo que no habría llegado tan lejos sin mí. Yo le creí.
Veréis, los niños confían a ciegas. Pero hay muy pocos adultos que se lo merezcan.

Cuervo Fúnebre en las redes. Lector voraz de fantasía y ciencia ficción que pretende escribir más de lo que una vida mortal le va a permitir. Adoro las culturas antiguas y las ciencias en general.

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3 comentarios sobre “Certamen: Caída

  1. Sé que ya lo he dicho antes, pero mil gracias. Es un honor que mi relato esté en tu blog. Y he tomado nota de las correcciones también 😉

    Gracias de nuevo, nos leemos!

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