Certamen: Ascensión a la Luna en Magicalea

Certamen: Ascensión a la Luna en Magicalea

Relato de Eduardo Norte.

Algún día, la tortuga aprenderá a volar.
Sir Terry Pratchett.

La mañana en la que Garbuncio, Santera y Koplik decidieron ascender a la Luna, amaneció con lluvias.
Eran unas lluvias torrenciales como hacía mucho que no se habían visto en el país. Llenaron las calles de charcos tan profundos que se atravesaban con el agua por las rodillas. El río Joyoso se desbordó por completo, bañando, embarrando la ciudad y destrozando casas y campos a su paso. Muchas cabras, vacas, perros, gallinas y pollos murieron ahogados por el paso del agua. Los campos se echaron a perder. Magos y brujas de todo el país predijeron hambrunas y pobreza, pero lo cierto era que no hacía falta el estudio de las ciencias ocultas para llegar a tal conclusión.
Era, pues, la mañana idónea para que la extraña familia decidiese ascender.
Por supuesto, no pudieron ascender aquella mañana. No solo por la cantidad de trabajo que les llovió (nunca mejor dicho) después del desastre, sino porque aquella no era una empresa que pudiese llevarse a cabo en una mañana. La Luna era un lugar para los privilegiados. Solo los más preciados y honrosos reyes, o los hijos de los dioses, o los magos más brillantes podían acceder a semejante prestigio. Tu nombre pasaba a los anales de la historia, tu persona se acabaría convirtiendo en divinidad y tus proezas serían contadas de boca en boca y de libro en libro, aderezadas cada vez más hasta acabar siendo una historia completamente distinta a la original. Así, el gran chuletón que se metió entre pecho y espalda el «nuncasuficientementequerido» rey Placenpo IV, acabó convirtiéndose en una batalla campal en el salón real del bien amado rey contra un monstruo de carne cocinada, terribles garras y afilados dientes.
Garbuncio, Santera y Koplik aspiraban a eso. Querían que sus mundanas historias se tornasen en épicas batallas, en poemas de amor, traición y sacrificio, en besos bajo la luna y sangre sobre la ropa, en enfrentamientos contra dragones y ogros o contra bestias que ni si quiera existían. Y pensaban hacer todo lo posible por conseguirlo, estaban dispuestos a llegar donde ningún mago, bruja o duende había llegado antes: estaban dispuestos, nada más y nada menos, que a trabajar.
Esto, querido lector, son palabras mayores para un mago como Garbuncio, una bruja como Santera y un duende como Koplik. Nuestros tres protagonistas llevan toda la vida viviendo del cuento. Trabajando, sí, pero en la clase de trabajo que la gente rica y bien posicionada tiende a llevar a cabo: un trabajo mucho menor de lo que sugerían sus quejas. Escribían hechizos, preparaban pócimas, rompían maldiciones, veían el futuro… La clase de cosas que hacían los magos, brujas y duendes. Un trabajo que les daba buena comida y un buen techo en las dependencias del castillo real, porque eran nada más y nada menos que la Magia Real.
Como lees. La Magia Real. El mismísimo rey Joloko III les nombró. Y nada tuvo que ver un hechizo que la extraña familia lanzara el rey, en absoluto. Se les nombró por sus méritos y sus hazañas, por sus impecables currículums mágicos y las recomendaciones de otros personajes de la nobleza. Sí, así era. Todo lo demás, mentiras.
Era un buen trabajo, no podían negarlo. Se dedicaban a cumplir con los deseos mágicos del rey. Eran la máxima autoridad mágica del país (¿a quién le importaban esos empollones de las torres de hechicería?). En materia de ocultismo, no había nadie por encima. Su empleo incluía dos meses de vacaciones pagadas en las playas de La Areciera, fines de semana libres, dietas, criados a su servicio, un sueldo más que sustancioso… y solo por seis horas de trabajo al día. Era un empleo ideal, sin duda. Pero ellos aspiraban a algo mucho más grande que un buen trabajo: a una vida eterna, a la perpetuidad de la Luna.
Por desgracia, no era algo sobre lo que pudieran decidir. La Sociedad Armoniosa de las Estrellas y los Astros escogía quién entraba a formar parte de tan privilegiada organización solamente cuando la persona en cuestión se encontrara en su lecho de muerte. Los Funcionarios de la Sociedad decidían, con un estudio de vida, un juicio y un normalmente encendido debate entre los Funcionarios, quién era escogido para subir a la Luna y quién no. En la mayoría de los casos (en todos, de hecho), el sujeto tiene ni voz ni voto en el proceso.
Si sale que sí, los Funcionarios envían Emisarios a llevarse a el moribundo a la Luna y que pueda vivir para siempre. Alcanzaban la vida eterna y se convertían en estrellas del firmamento.
Y si sale no, pues nada. Se morían y punto.
Pero entonces, ¿cómo pensaban Garbuncio, Santera y Koplik ascender a la Luna?
Lo cierto es que no tenían ni la más mínima idea. La ascensión era un secreto muy bien guardado entre los miembros de la Sociedad. En realidad, todo lo referente a la Sociedad y a la Luna era un secreto muy bien guardado. El espacio entre la tierra de Magicalea y la Luna lo salvaguardaba, y el hecho, por supuesto, de que todos los que subían a la Luna no tenían forma de regresar para difundir la palabra. Eso había complicado mucho la tarea de la extraña familia, que tenían pensado subir a la Luna por medios menos ortodoxos.
Por suerte para ellos, no necesitaban encontrar testimonios directos de miembros de la Sociedad para hallar la forma de ascender a la Luna.
Koplok encontró un manuscrito en la última balda de la sección de Astronomía de la Biblioteca de la Magia Real. Su tamaño reducido resultó ser de extremada utilidad para llegar al libro. El duende tuvo que meterse en una suerte de laberinto de libros de la última balda, y enfrentarse a un monstruo de hojas de papel reciclado a una rata comeportadas.
Un lío, ya os enteraréis de esa historia en otra ocasión.
La cuestión es que Koplok encontró un libro. Ese libro se titulaba Teoría de ascenso y descenso espacial, escrito por el doctor Heleno de Presluperio, un astrofísico de gran prestigio en épocas pasadas que murió poniendo en práctica una de sus teorías. El nombre no les sonaba de nada, pero una rápida investigación de Santera los llevó a descubrir que Heleno se había convertido en el hazmerreír de la comunidad científica de Magicalea hacía unos doscientos años, cuando estalló en llamas mientras experimentaba con lo que pretendía ser el primer vehículo volador.
Los científicos del país se estuvieron riendo de aquello durante una buena temporada, hasta que apareció algo más gracioso que comentar. El libro de Heleno, sus estudios y su recuerdo quedaron entonces relegados al fondo de la última balda de una biblioteca.
Los tres personajes ojearon el libro por encima. La teoría de Heleno se basaba en la utilización de lo que él había bautizado como «globo aerostático». Este vehículo consistía en una cesta atada a una gran bolsa de tela que volaba al encender una llama en su interior. Si el aire del interior del globo pesaba menos que el del exterior… el globo se elevaba. La idea era buena, sí, pero el científico había calculado bastante mal la cantidad de fuego que uno debía colocar en el interior de dicha bolsa. No les extrañaba en absoluto que Heleno fuese el blanco de las críticas de sus coetáneos. Al fin y al cabo, ¿quién necesitaba volar en un mundo en el que los magos y brujas habían inventado los portales? Heleno había dado su vida por una idea que nadie necesitaba.
Excepto nuestra extraña familia, por supuesto. Ellos le estarían por siempre agradecido.

 

Estudiaron con cuidado el experimento del científico. Trataron de dilucidar exactamente dónde había fallado el hombre, y cómo sus teorías podrían aplicarse a lo que ellos querían hacer. Estuvieron días con el proyecto mientras fingían trabajar para el rey. Dibujaron planos, escribieron fórmulas e hicieron experimentos. Al cabo de unos días tuvieron el plan de montado. Construirían un globo usando la teoría (corregida) de Heleno y subirían con él a la Luna. Después, quién sabía, pues nadie había ido nunca tan lejos para contarlo. Ciertamente, era un plan absurdo, pero mi trabajo no es juzgar las acciones de nuestra extraña familia, sino contarlas, ¿qué clase de cronista sería yo, en caso contrario?
En fin. Que tenían todo el plan listo para ser llevado a cabo y ascender a la Luna, si no hubiera sido por otro pequeñísimo detalle: el dinero. El tipo de gas que necesitaban para ascender resultó que costaba una fortuna en el mercado negro. Necesitaban oro. Mucho. En cantidades industriales.
Y os preguntaréis, ¿pero no son los magos reales o algo así? ¿Cómo pueden no tener dinero? Y no os falta razón, lectores. Resulta que nuestra extraña familia es de gustos caros. No ahorraban. Nunca, jamás lo hicieron. Sueldo que recibían, sueldo que se gastaban. Si les surgía algún gasto imprevisto, solo necesitaban pedirle un adelanto al rey. Pero claro, ahora no podían hacer tal cosa. El rey no habría estado muy contento con la idea de que su Magia Real se marchase de pronto. A la Luna. ¡Y antes que él! No, no lo habría permitido y tendrían que mantenerlo en secreto.
Garbuncio tuvo una idea. Años y años de derroche monetario había resultado en una cantidad ingente de trastos inútiles. ¿Necesitaban dinero? Solo necesitaban venderlos. Si lo ponían a buen precio, la gente de Magicalea los compraría, y ahí tendrían su ansiado dinero.
Anunciaron el Gran Mercadillo de la Magia Real a bombo y platillo por todo el reino. Convocarían a todos los interesados en comprar sus pertenencias, firmadas o sin firmar (en el segundo caso a mayor precio), en la Gran Plaza Mayor de Magicalea. Colgaron carteles, mandaron palomas a todos los ayuntamientos del reino, hicieron a los pregoneros repetirlo a grito pelado durante días y hasta dibujaron un anuncio con nubes para que lo viera todo el mundo.
Como es evidente, la noticia llegó a oídos del rey, que se extrañó sobremanera.
—¿Qué os lleva a vender todas vuestras pertenencias? —preguntó el soberano a su Magia Real —. ¿Es que acaso no os pago lo suficiente?
Pero no habían llegado hasta donde estaban sin saber mentir.
—En absoluto, Su Buenencia —respondió Garbuncio, inclinando la cabeza en gesto de respeto—. Es solo que estamos intentando llevar una más vida minimalista y queremos deshacernos de todo aquello que no necesitamos.
Por supuesto, el rey se tragó la mentira. En aquella familia eran profesionales.
La noticia corrió por todos los rincones del reino y la mañana del mercadillo, la Gran Plaza Mayor de Magicalea estaba a reventar. Daba igual que hiciera solo unas semanas desde que la riada destrozara todas sus pertenencias, que se cerniera sobre ellos una de las mayores crisis de la historia de Magicalea o que apenas tuvieran dinero para comprar un trozo de pan. Aquel era un evento de visita obligada, una estrella que fugaz que pasaba una vez y nunca más. Tenían que ir y llevarse algo.
Llenaron la plaza de mesas hasta los topes de sus trastos. De cada uno habían colgado una etiqueta con cuatro precios: uno sin firmar, otro con una firma, otro con dos y otro con tres. Para evitar el robo, los objetos en venta estaban ligados a la mesa por un hechizo y habían insuflado vida matemática a golems de piedra para cobrar. Garbuncio, Santera y Koplik solo se encargaban de firmar. Y, aun así, no dieron abasto.
Para el final de la primera jornada, casi toda la mercancía se había agotado. A la familia le palpitaban las muñecas de firmar libros, collares, granos de arroz, botellas, cuadros, lámparas y demás bártulos que habían ido comprando y acumulando a lo largo de los años.
Durante la segunda jornada, a eso del mediodía, se agotaron todos los objetos y las mesas del mercadillo quedaron completamente vacías excepto por la tela roja que las cubría y las etiquetas arrancadas. Al llegar a sus aposentos reales y contar las monedas, decidieron que el mercadillo había sido un completo éxito.

 

Descansaron durante unos días para reposar sus muñecas doloridas y entonces sí que se pusieron a trabajar en su plan de ascenso.
Construyeron un globo en secreto con magia y metal, mimbre y cuero, lino y madera. Siguieron las instrucciones modificadas de Heleno, y esperaban mejoradas. En unos días de duro trabajo a expensas del rey consiguieron que se alzase ante ellos su ansiada creación, su billete de ida a la Luna.
Era tal y como lo habían imaginado. El globo aerostático, una vez inflado, se alzaba ante ellos como un castillo. Habían elegido tela negra y amarilla, lo que le daba el aspecto de una avispa gigante y gorda. La cesta la habían construido lo suficientemente grande para que cupieran los tres sin problemas, pudieran dormir, estirar las piernas, dar paseos y hacer sus necesidades en privado (para desgracia de quien estuviera bajo el globo en aquel momento). Estaban tan orgullosos de su creación que no pudieron evitar que se escapara una lagrimita, y luego dos, y tres, y acabasen llorando emocionados abrazados entre ellos, como una auténtica familia. El trabajo había merecido la pena.

 

La mañana que se marcharon amaneció el cielo encapotado. Le habían dicho al rey que aquel día se lo iban a tomar libre, alegando asuntos propios. Tan buenos mentirosos eran (o tan inocente el rey) que no les puso ninguna pega e incluso les deseó un buen día. Al monarca le extrañó un poco verlos partir del castillo cargados con maletas y bolsas, pero los dejó marchar.
—Ya les preguntaré cuando les vuelva a ver —se dijo.
Garbuncio, Santera y Koplik subieron al globo, lanzaron un conjuro de protección y abrieron un portal hacia el castillo, por si las moscas. Después, encendieron la llama del globo, soltaron peso y comenzaron a ascender.
Se elevaban despacio, mientras Magicalea se iba haciendo cada vez más y más pequeña. Los campos que conformaban el espacio rural del país formaron un puzle mal encajado y completo. La laberíntica capital, en el centro de todo, se alzaba orgullosa y confusa, un punto negro y marrón entre el verdor, como si alguien hubiera manchado el paisaje con un pincel.
Aplaudieron al cabo de unos minutos, cuando ya todo quedaba a sus pies y se fundieron con las nubes. A su celebración le siguió el pasmo cuando se colocaron por encima del cielo encapotado. Bajo ellos se extendía hasta el infinito un suelo esponjoso y blanco, caprichoso y eterno, hermoso como nada que la familia hubiera visto antes. A penas notaron el frío. Solo abrieron la boca como si fueran a dar un bocado a un plato especialmente exquisito y se dejaron embaucar por la belleza del suelo celestial.
Siguieron ascendiendo. Lo siguiente fueron las estrellas. La blancura de las nubes dio pie a una oscuridad casi total. No fue transitorio: un momento se elevaban en mitad de la pureza y la blancura y al siguiente todo se desvaneció, como si alguien hubiese apagado la luz. Se sumieron en la oscuridad más absoluta, o eso pensaron al principio, porque al poco comenzaron a ver brillar, tímidas al principio, y luego tan potentes como el sol que abandonaban, las estrellas del firmamento.
Magicalea no se veía ya. El mundo no se veía ya. Solo estrellas parpadeando en mitad de tenebrosa nada.
Lo siguiente que vieron fue la Luna. O más bien, su luz. Un fogonazo plateado. Un río argénteo. Un destello de plata que deshizo la oscuridad y las estrellas. La familia se giró hacia el lugar de donde venía la luz, y entonces sí, vieron la Luna. Más grande que nada que hubieran visto antes. Y eso que solo vieron un pedazo de ella, una pantalla curva de roca cenicienta y cuajada de cráteres. Su modesta vista no podía si quiera acercarse a abarcar la magnificencia de la Luna. Aun así, estuvieron a punto de perder el conocimiento frente a la aparición de semejante portento. Se estremecieron ante la idea de que aquella iba a ser su casa ahora. Su nuevo hogar. No tuvieron ninguna duda cuando la vieron: ellos pertenecían allí.
De pronto, una ráfaga de viento, como el soplido de un gigante invisible, los condujo hacia la Luna. A partir de entonces no manejaron el globo, si es que alguna vez habían tenido algún control sobre aquel invento. Parecía una conducción consciente, suave y aun así muy poco considerada. Viraron a la derecha en dirección a la superficie rocosa de la Luna mientras seguían ascendiendo, luego a la izquierda y de pronto descendían, empujados por la fuerza gravitacional de la Luna, o por aquella corriente de aire misteriosa, o por vete tú a saber qué.
Se dieron cuenta de que habían entrado en la Luna y, sin poder contener la emoción, empezaron a celebrarlo con saltos, gritos y risas. Garbuncio besó a Santera, Santera a Koplik, Koplik a Santera, Garbuncio a Koplik y Koplik de nuevo a Santera. Todo mientras lloraban y daban botes en una cesta de mimbre y madera que no parecía querer aguantar todo aquel alboroto. Tan entretenidos estaban con su celebración que ni si quiera se dieron cuenta de que el suelo estaba más y más cerca. Y con él los habitantes de la Luna.
En esa guisa celebratoria los encontraron, vendiendo la piel del oso antes de cazarlo. Una anciana con pinta de tener muy pocas ganas de discutir los esperaba, el rostro repleto de arrugas, con los ojos medio abiertos, los labios finos como un hilo de seda, apretados. Sostenía un garrote que bien podría haber sido arma o elemento de atrezzo, y vestía una túnica blanca que ocultaba sus zapatos y rozaba la superficie del astro lunar.
El globo tocó el suelo con un chasquido sordo. La familia siguió celebrando con vítores y carcajadas. Estuvieron así unos minutos, sin reparar en la anciana, hasta que esta carraspeó con fuerza.
Fue instantáneo. De la risa y el jolgorio pasaron a la seriedad, tiesos como palos, sin saber a quién tenían delante, pero suponiendo que era alguien importante.
—Mira que sois imbéciles —les dijo. Tenía un tono cascado, aburrido, como si esa situación le estuviera sorbiendo la energía—. Aquí no podéis estar.
Koplik, que tenía la mecha muy corta, frunció el ceño frente a tamaña ofensa.
—¿Imbéciles nosotros? ¡Imbécil usted! ¡Que somos la Magia Real! ¡Un poquito de respeto, que me cago en todo!
La señora giró ligeramente la cabeza y lo observó como quien observa a un insecto particularmente singular.
—Estáis en la Luna —les recordó—. Aquí no tenéis ninguna autoridad.
Koplik calló, aturdido frente a ese comentario, no acostumbrado a no pintar nada. Garbuncio le dio una patada al duende que pretendía ser disimulada y Santera se tapó el rostro, avergonzada, al ver que Koplik respondía y se enzarzaban en una pelea de patadas disimuladas.
—Bueno, voy a ser clara. Hemos estado observándoos. Hemos visto lo que habéis hecho y, la verdad, ha sido cuanto menos sorprendente. Sois los primeros que llegáis a la Luna sin invitación. Nuestro sistema pretendía ser hermético, pero vosotros… En fin. La Sociedad ha estado valorando vuestras acciones y qué hacer en caso de que vuestro caso continuase.
Calló como para crear expectación. Para la familia, funcionó.
—¿Y? —logró decir Santera, con la boca seca.
La anciana se permitió unos segundos para mirarlos con ambigüedad, una mezcla de asco, curiosidad y hastío de lo más extraña.
—Dicen que lo ideal es que volváis a Magicalea y sigáis trabajando por una invitación, como todos.
Pareció que el rostro de los miembros se la familia se convirtiese en un puzle complicado, roto y con piezas faltantes.
—¿Que sigamos trabajando? —repitió Santera. Aquello le había ofendido a nivel personal—. ¿No hemos trabajado ya lo suficiente?
Koplik apretó sus diminutos puños verdes, salió de un bote de la cesta de mimbre del globo y se dirigió, fiero como una bestia, hacia la señora. De camino, se le calló el sombrero picudo que llevaba.
—¡¿Qué pasa?! ¿¡Que no hemos trabajado bastante para su exceleeencia?! —se burló el duende.
De nuevo, la anciana ni se inmutó. Clavó sus ojos grises y arrugados en la criatura y levantó ligeramente el labio superior en una mueca de fino desprecio.
—Yo no decido. Y no, no habéis trabajado lo suficiente, como es obvio. Tenéis que conseguir algo por lo que toda la gente de Magicalea os recuerde. Si lo hacéis, nos volveremos a ver. Si no, pues no. Es muy sencillo.
Koplik volvió a encararse con la señora, le lanzó un par de bolas de fuego (que ella esquivó con una agilidad impropia de su edad), todo gritos y amenazas, soltando improperios de lo más originales. Garbuncio y Santera intentaron detenerle, sin mucho éxito, pues no había quien calmara al duende cuando se ponía así.
La anciana no se preocupó mucho. Con un silbido armónico llamó a dos miembros de seguridad de la Luna, que se materializaron en el lugar montados en grifos de poderosas alas y amenazantes picos, blandiendo espadas de fuego. El duende, aunque pareció pensárselo al principio, desechó inmediatamente la idea de enfrentarse a ellos y acabó por calmarse.
La extraña familia, con las disculpas colgando de los labios y el fracaso pintado en la cara, se subió al globo y despegó rumbo a Magicalea.

 

No hablaron mucho durante el descenso. Tampoco hablaron cuando ascendían, pero era distinto. Entonces callaban por lo maravilloso de espectáculo espacial. Ahora callaban por la incómoda pesadez en sus estómagos, por el presentimiento de que estaban a punto de perderlo todo. En Magicalea les esperaría el rey y los ciudadanos. Tendrían que dar explicaciones, excusas, aguantar burlas… probablemente hasta fueran despedidos y ningún hechizo, por bien elaborado que estuviera, lograría evitarlo. Y para colmo, se convertirían en el hazmerreír del reino. Como lo fue en su momento Heleno.
El olvido les esperaba abajo, estaban seguros. Se habían jugado todo a la carta de la Luna y habían perdido.
Pero habían obviado un diminuto detalle y, como suele suceder en estos casos, fueron salvados por un factor que ellos no podían controlar: la curiosidad del pueblo. Desde que organizaron el mercadillo la gente comenzó a investigar, a poner la oreja, a inventar y a comentar teorías sobre por qué la Magia Real estaba vendiendo todo lo que tenían. Algunos comentaron que era porque iban a dedicarse a la vida contemplativa y estaban liberándose de todas sus pertenencias materiales; otros, que iban a empezar una nueva vida en las Torres de Hechicería en las que no cabían todos aquellos trastos; y otros, basándose en una conversación que habían escuchado a la familia, que estaban construyendo un artefacto para viajar a la Luna.
Por lo disparatada, esa fue la que se acabó extendiendo. De boca a boca, la noticia fue rulando por todo el país. Se comentó en tabernas, cocinas, palacios, hogares y patios de colegios hasta que todo el mundo la acogió como la verdad que era. Acompañaban a la teoría comentarios de admiración y respeto, como «no me puedo creer que vayan a hacerlo», o «qué grandes son estos personajes».
La mañana que ascendieron, aunque amaneció nublado y ellos no se dieron cuenta, cientos de personas estaban mirando. Durante muchos días fueron la comidilla del reino, pero de una manera muy distinta de como lo fue Heleno. De ellos se hablaba con cuidado, con palabras bien elegidas, la boca entreabierta y los ojos brillantes. De ellos hablaban con algo que podría denominarse respeto. Ellos eran las celebridades de Magicalea, el ejemplo a seguir por todos los ciudadanos.
Y así se les recibió cuando llegaron. Cuando el globo de la extraña familia irrumpió en el cielo, la gente comenzó a congregarse en la plaza, donde acabaría aterrizando. «¡Son ellos, son ellos!» gritaban y la emoción se adueñaba de sus cuerpos. Dejaban a los críos en las bañeras, a las vacas pastando y los cocidos en las ollas con el fuego encendido. Todo daba igual. La Magia Real volvía y había que recibirlos.
Cuando aterrizaron, la plaza se había convertido en un hervidero de gritos y aplausos. Media Magicalea esperaba consumida por la emoción. Desde arriba, al ver a toda aquella masa de cabezas, la extraña familia pensó que era día de mercado. Al escuchar los gritos y los aplausos se extrañaron. Solo al aterrizar lo comprendieron. La gente se agolpó alrededor del globo, aplaudiendo, llorando, blandiendo sus retratos, gritando sus nombres.
No supieron bien cómo gestionar aquello. Garbuncio se desmayó, Santera se echó a llorar y Koplik se lanzó a dar besos y firmar autógrafos, preguntándose cómo habían tardado tanto en darse cuenta de lo maravilloso que era.

 

Su historia de cómo construyeron el globo aerostático (en la cual el nombre de Heleno de Presluperio no apareció en ningún momento) cómo ascendieron a la Luna y cómo plantaron cara a los Funcionarios se extendió por todo el reino, cada vez con un final distinto, más épico si cabe. El rey, pese a su natural enfado, e influenciado por sus consejeros, que le decían que el reino no perdonaría que a la Magia Real se le hiciese daño alguno, disculpó a sus subordinados bajo la condición de no volver a traicionarle nunca.
Con el tiempo, la fama de los tres personajes, lejos de desinflarse, creció. Se escucharon sus historias, inventadas o verídicas en todo el reino y se convirtieron en las celebridades, que como Koplin decía, siempre habían sido. Los científicos y magos de Magicalea, que ignoraron las contribuciones de Heleno, prestaron mucha atención a las de La Extraña Familia. Sentaron un precedente. Colocaron las bases para que posteriores magos y científicos, brujas y científicas, investigaran sobre el globo y el volar. La historia los conocería como los padres del vuelo moderno. En la Gran Plaza Mayor de Magicalea, el mismo lugar donde se celebró el mercadillo, y donde aterrizaron, se levantó una escultura de metal de un globo con la bruja, el mago y el duende dentro, mirando al cielo. Sus nombres grabados.
Les recordarían.

 

Cuervo Fúnebre en las redes. Lector voraz de fantasía y ciencia ficción que pretende escribir más de lo que una vida mortal le va a permitir. Adoro las culturas antiguas y las ciencias en general.

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