Certamen: Invisibles

Certamen: Invisibles

Relato de Laura Morán Iglesias

El desierto casi acabó con él. El hambre, la sed, el cansancio y el frío estuvieron a punto de hacerle volver en varias ocasiones, pero sabía que si daba la vuelta simplemente moriría a mitad de camino. La mera esperanza de llegar fue lo que le mantuvo con vida cuando se le acabó la comida, cuando se quedó sin agua y cuando fue evidente que se había perdido. Pero Bekke siguió hacia delante, consciente que detrás no quedaba nada para él. Todo lo que había en la vida lo tenía delante.
Se desplomó en cuanto alcanzó la muralla exterior que rodeaba Kahje y perdió el conocimiento. Al menos, había llegado.

El frío se le colaba a través de la ropa, humedecida en ciertas zonas. Notaba las piedras del suelo clavadas en el costado sobre el que estaba tendido de mala manera. Un olor a orín y podredumbre inundó sus fosas nasales, haciéndole contener una arcada. Bekke abrió los ojos y despertó con violencia, tratando por todos los medios de no vomitar. Rodó hasta ponerse a cuatro patas y escupió un poco de bilis al suelo. Estaba tirado sobre los restos de la comida de alguien, en un callejón oscuro. Apoyó la mano en la pared y se incorporó poco a poco, tratando de luchar contra el impulso de volver a vomitar. Llevaba la ropa sucia y le palpitaba el lado derecho de la cabeza, donde sospechaba haberse golpeado cuando le tiraron en ese callejón.
Recordaba haberse desmayado frente a unos guardias en la muralla de Kahje, lo que significaba que ellos mismos le habían lanzado allí, como si fuera basura. Y alguien le había robado la bolsa. Apoyó la espalda en la pared y contuvo un sollozo.
«¿Por qué pensé que aquí me iría mejor?» pensó, abrazándose para entrar en calor. Al final acabaría muriendo igualmente, donde no le importaba a nadie. Las lágrimas se agolparon en sus ojos y las dejó caer libremente durante unos minutos, antes de serenarse.
—No —masculló—. No me mató él, ni me matará esta ciudad.
El estómago le rugió de hambre, pero tragó saliva y echó a andar. Nadie se acercaría a darle comida si apestaba de aquella manera, así que decidió buscar un callejón menos apestoso para esperar hasta la noche. Cuando comenzó a oscurecer salió de su escondite y vagabundeó por las calles de la ciudad, comenzando a conocerla. Nunca había estado en Kahje, así que se hizo un mapa mental de los lugares por los que pasaba. En una pequeña plaza encontró un pozo y, tras asegurarse de que nadie le veía, se lanzó hacia él. Sacó un cubo de agua para beber y asearse, e hizo de tripas corazón para limpiar un poco la ropa. A pesar del frío, se desnudó y lavó como pudo las pocas prendas que tenía. Se dejó puesta la camisa, y con el hatijo de ropas empapadas bajo el brazo deshizo sus pasos hasta llegar de nuevo al callejón donde había pasado el día. Allí extendió la ropa mojada en unas cajas vacías y se acurrucó en el suelo, intentando dormir.
Le despertó el sol que despuntaba al alba, sobre los tejados de la ciudad. Las temperaturas habían subido considerablemente y había dejado de tiritar.
—Tengo que buscar un lugar a cubierto donde dormir —musitó para sí. Tocó la ropa, que seguía un poco húmeda, pero decidió ponérsela igualmente a pesar de la sensación de incomodidad que le producía. Olía algo menos a basura y, satisfecho con eso, decidió dar el siguiente paso: buscar algo de comer.

Sus pasos le llevaron a la plaza de la capital, donde los mercaderes comenzaban a montar sus puestos. En uno de los extremos de la plaza se erguía, imponente, el palacio de los reyes. La guardia patrullaba las puertas que daban a la muralla interior, y Bekke se aseguró de mantenerse bien alejado de ellos durante la mañana. Los mercaderes no le hicieron ningún caso, pero poco a poco la plaza comenzó a llenarse de compradores que le miraban con una mezcla de odio, asco y pena. Le sorprendió la violencia con la que algunos apartaban la cara, como si su presencia en la plaza, paseando con la mano extendida, les ofendiera.
—Algo de comida, por favor —susurraba a media voz—. Solo pido algo de comida.
Pero era invisible. Los únicos que se fijaban en él le dirigían miradas repugnadas y continuaban su camino. El día se hacía cada vez más largo y las fuerzas le flaqueaban, así que se apartó del camino y se sentó en una de las esquinas de la plaza, con la espalda al muro y la mano extendida. Se fijó en que, en otros rincones que daban al mercado, niños como él eran ignorados de igual manera.
El sol había alcanzado su cenit y brillaba sobre sus cabezas, haciendo que todo su mundo diera vueltas. El hambre y el calor le hicieron cabecear, mientras el sol enrojecía su nuca sin piedad. Habían pasado varias horas cuando sintió un peso en su mano y alzó la cabeza, intentando enfocar. Alguien le había dejado un trozo de pan, pero la debilidad le impidió ver quien era. Engulló el pan sin miramientos y tuvo que toser para no atragantarse. El rugido de su estómago al comer por primera vez en varios días ensordeció todos los sonidos de su alrededor, y no dejó de masticar hasta que hubo acabado con todo el pan, hasta la última miga. El estómago le seguía doliendo, pero el mundo dejó de moverse y pudo volver a pensar con claridad.
Observó a los mercaderes, que comenzaban a recoger sus puestos tras un día productivo. Los transeúntes iban y venían sin prestarles atención, y entre el grueso de la gente de pronto se fijó en una chica como él: joven, sucia y esquelética. Esa chica era invisible a los ojos de la gente, pero en lugar de sentarse a mendigar se movía como una sombra entre sus piernas, deslizando la mano en las bolsas abiertas y metiéndose al bolsillo todo lo que podía encontrar. La vio desaparecer por un callejón y supo que tenía que imitarla: tenía que aprender a robar. Con dificultad, se levantó y echó a correr detrás de ella.

***

—Bekke, hoy vamos a la parte alta de la ciudad, ¿te vienes? —preguntó Lou. Bekke alzó la vista de su macuto, donde tenía escondido su botín, y clavó los ojos en su interlocutor.
—Sí, enseguida estoy listo.
—En una hora en la plaza del este, novato.
Lou salió de la habitación y Bekke volvió a repasar el contenido de su bolsa. Tenía algo de comida, una camisa nueva y lo que más le había costado conseguir: dinero. No era mucho, pero poco a poco la cantidad de la bolsa crecía, tintineante. Bekke llevaba varios meses robando con un grupo de chavales, algunos de su edad y otros más mayores. Se había unido a ellos tras pasar casi un año en la calle, aprendiendo a robar por su cuenta. En ocasiones había seguido a otros jóvenes ladrones como él, observándoles de lejos, aprendiendo a base de imitarles, pero sin atreverse a entablar una conversación.
Un día estaba robando en una calle poco transitada cuando un chaval se acercó a él. Era un poco mayor y pertenecía a una banda de ladrones.
—Pareces avispado. Podrías unirte a nosotros —comentó. Bekke no lo había dudado ni un segundo, y se había unido a ellos a pesar de la reticencia de la líder, Tricia. Era una joven algo mayor que Bekke, con el pelo cortado a cuchillo muy corto y cara de pocos amigos. Él prefería mantenerse lejos de ella siempre que podía: no le daba buena espina.
Cerró bien el macuto y lo guardó bajo una tabla suelta del suelo de su improvisada habitación. La banda había tomado una de las casas abandonadas de los barrios bajos, y entre la suciedad y las ratas siempre podías encontrar a alguno de los miembros allí, descansando, comiendo, bebiendo o pasándoselo bien con otros compañeros. El prefería mantenerse alejado, hacer su trabajo y ahorrar poco a poco sin saber muy bien por qué.
«Para poder tener un futuro mejor» pensó para sí. Se levantó y se sacudió el polvo, dirigiéndose a la salida. Tenía una hora para llegar a la plaza del este, así que decidió dar una vuelta por la ciudad antes de ir. En los pocos meses que había pasado allí conocía ya la capital como la palma de su mano. Se sabía las rutas de los guardias, los lugares menos vigilados para robar comida y las casas más vulnerables en las que colarse. A entrar en sitios cerrados le había enseñado Lou, y había tardado muy poco en cogerle el truco: tenía un talento natural.
Fuera del refugio hacía calor, a pesar de que el sol se estaba poniendo. Se colocó bien la capa, un raído trozo de tela que había cosido él mismo, y se perdió entre las calles. El sol iluminaba los edificios bajos y juntos, creando zonas de luz y de sombra. Se movía por la oscuridad como un soplo de viento, pisando suavemente para que no le escucharan. No tardó mucho en llegar a la plaza y se sentó en lo alto de un tejado, a esperar. Oteó el horizonte y su mirada se posó en el palacio, rodeado por una muralla y, en su interior, los árboles más verdes de Vassla.
—Algún día me colaré allí.
Más allá del palacio se avistaban las montañas, aunque desde aquella posición eran apenas visibles. Se distrajo mirando al cielo y se preguntó si de verdad el desierto se extendería al otro lado de ellas. ¿Cómo era posible que la arena no se acabara nunca? Aunque, por otro lado, ¿cómo era posible que existiera algo más?
—¡Eh, Beks, baja! —una voz le llamó desde la plaza. Tricia, Lou y los demás ya habían llegado, y le esperaban con caras de pocos amigos
—Es Bekke —corrigió por enésima vez. Tricia se encogió de hombros.
Eran un grupo pequeño, solo cinco personas. Se juntaron y comenzaron a pasear por un callejón, siguiendo a Tricia.
—Todos sabéis lo que tenéis que hacer. Entrar, robar lo que podáis y salir pitando sin mirar atrás. No esperamos a nadie —les recordó. Era una política que seguían a rajatabla: si te pillaban, no iban a intentar sacarte.
Bekke se arrebujó en la capa cuando el sol comenzó a bajar, oscureciendo la ciudad. No tardaron mucho en llegar al lugar: una casa individual, que indicaba dinero. Bekke se sacó las ganzúas de la bota y sin que dijeran nada se dirigió a la puerta trasera, con sus compañeros detrás. Uno de los más jóvenes se alejó de la casa y se colocó en posición, vigilante. Aprovechó la última luz del día para forzar la cerradura, y cuando esta cedió la abrió con cuidado. Tricia pasó por delante, seguida de tres compañeros, y Bekke fue el último en entrar. La casa parecía desierta. En la planta baja se adivinaban un salón acomodado, una cocina con un horno de leña y un aseo. Al fondo había unas escaleras que llevaban a la parte superior, y mientras Tricia y dos más subían a inspeccionarla Bekke se dedicó a registrar el salón.
Encontró un cofre de madera, cerrado con candado, escondido bajo un sillón de aspecto incómodo y caro. Estaba trabajando en la cerradura cuando escuchó un grito en la parte superior de la casa, seguido de unos golpes. Se puso en pie inmediatamente y corrió escaleras arriba: ¿qué podría haber pasado?
La segunda planta constaba de tres habitaciones. Los gritos venían de la más alejada, y cuando atravesó la puerta se quedó helado: sus tres compañeros rodeaban a una anciana, que lloraba tirada en el suelo.
—¿Qué está pasando? —preguntó con horror. Tricia alzó la mirada de la señora. Cada vez que intentaba levantarse, uno de sus secuaces la golpeaba.
—La casa no estaba tan vacía como esperábamos —comentó ella, encogiéndose de hombros como si no fuera nada del otro mundo.
—¡Hay que largarse de aquí! —instó. Entró en la habitación y dio un paso hacia la señora, pero uno de sus compañeros sacó un cuchillo que blandió antes sus ojos. ¿Desde cuándo iban armados?
—Ni hablar. Esta vieja está forrada —negó Tricia, y se giró para revolver en los cajones—. Además, nos ha visto la cara. ¿Cuánto crees que tardará en ir a la guardia?
—No… no diré nada, lo juro —farfulló la anciana con voz débil.
—Mírala, Tricia: es tan mayor que apenas nos habrá visto la cara. Está oscuro y es evidente que está enferma. ¿No puedes simplemente dejarla en paz? —preguntó Bekke con un hilo de voz. No sabía qué hacer: no podía enfrentarse a todos ellos, pero tampoco podía hacer como si no pasara nada.
—Eres un crío imbécil, Beks. Si no estás a la altura de lo que se necesita, lárgate.
Tricia le miró con desdén antes de volver a su tarea. Él dio un paso atrás. El corazón le latía con fuerza: podía dar la vuelta, marcharse y empezar de nuevo. No tenía por qué hacer las cosas a la manera de nadie, solo a la suya. Pero irse significaba abandonar a esa anciana, esa anciana que no tenía la culpa de que ellos no tuvieran nada.
«¿Y qué puedo hacer por ella?» se preguntó. No podía enfrentarse a toda la banda, no tenía fuerzas…
Se dio la vuelta y dio otro paso hacia la puerta, con los puños cerrados y los nudillos blancos.
—Cobarde… —oyó decir a uno de sus compañeros. Bekke le ignoró, pero entonces escuchó cómo volvían a golpear a la anciana y se acordó de Nana. La furia y el miedo le cegaron y se giró de golpe. Se lanzó contra el que blandía el cuchillo y se lo arrancó de un manotazo, tirándolo lejos. Consiguió asestarle un puñetazo en la cara antes de que, con un grito, todos los demás se tiraran sobre él.
Lo último que vio Bekke fue la sonrisa sádica de Tricia.

***

—Lo siento mucho —susurró la vieja Nana. Le temblaban las manos llenas de arrugas cuando se aferraron a las suyas, y sus ojos estaban anegados de lágrimas. Bekke le dirigió una mirada vacía y la observó entrar en el templo para presentarle sus respetos a su padre. Su padre, que en ese momento lloraba frente a las cenizas de su madre, desconsolado.
«Como si no supiera todo el mundo que la mató él. Como si no lo supiera él» pensó con rabia. No sentía pena, no sentía tristeza, solo sentía ira. Una ira desoladora y fría, ni siquiera lo suficientemente fuerte como para hacer lo que debía: vengar a su madre cuando no pudo protegerla. No pudo protegerla de la tormenta de golpes de su padre y ahora tampoco podía vengarla. Se sentía inútil e impotente, vacío ante la lástima de sus vecinos, que habían sido tan inservibles como él y nunca habían hecho nada por ayudarla.
Dirigió la mirada al interior del templo, donde se congregaba la gente para decirle el último adiós a Salma. Él debería estar con ellos, arrodillado ante sus restos, ¿pero de qué le servía eso a su madre ahora?
Alzó la vista hacia el cielo oscurecido, alumbrado únicamente por las estrellas. Ni la luna había querido brillar esa noche. Los espíritus se sentían tan oscuros como él. Un jirón de nube apagó las estrellas, dejando la aldea en completa oscuridad, iluminada solo por sus fuegos y candiles. Dirigió la vista al vasto desierto que se veía extendía hacia el fin del mundo. Desde el templo todo era desierto y, al fondo, Kahje: la capital del imperio. Era imposible avistarla desde tan lejos, pero sabía que estaba allí, como una fuerza que lo hacía girar todo a su alrededor.
Antes de darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, sus pies se habían puesto en marcha y caminaba decidido hacia su casa, dejando atrás los servicios por su madre, los llantos de su padre y las palabras vacías de sus vecinos. La casa estaba fría y desierta cuando entró. Una botella vacía junto a las manchas de sangre mal quitadas le recibieron en la entrada. Las esquivó como pudo y se dirigió a su cuarto, donde cogió un hatillo con ropa. Luego fue a la despensa y se hizo con lo poco que quedaba, dejando a su padre solo con el alcohol.
—No necesita nada más.
Si no había podido proteger a su madre, y si tampoco había podido vengarla, ya no le quedaba nada por hacer allí. Quizás en la capital encontrara su destino. Dejó atrás su casa, su pueblo y sus raíces y se encaminó en la noche hacia un futuro incierto.

***

Abrió los ojos con pesadez. Había soñado con el funeral de su madre, y el sentimiento de congoja de aquella noche resurgió con fuerza en él, tan fuerte como hacía un año. Contuvo el llanto y al hacerlo un dolor agudo le atravesó las costillas. Se llevó la mano a la zona herida y por primera vez se dio cuenta de que estaba tirado de nuevo en el suelo de un callejón. Aún era de noche y su capa, hecha jirones, no le protegía del relente. Se incorporó con pesadez y escupió un diente ensangrentado hacia un lado.
Apoyado contra la pared, inspiró profundamente y trató de calmarse. Sabía que le habían dado una paliza y le habían tirado como si fuera basura, esperando quizás que muriera durante la noche. O perdonándole la vida, a sabiendas de que no iría nunca a delatarles. Pero, ¿qué habría sido de la señora?
—Lo intenté —se dijo a sí mismo, y su voz sonó tan vacía y rota como se sentía.
«No. No voy a rendirme. Empezaré de nuevo, por mi cuenta. No necesito a nadie».
Se abrazó y cerró los ojos, dispuesto a pasar la noche y empezar de nuevo, una vez más, cuando saliera de nuevo el sol.

***

Bekke sentía la presencia de alguien a su espalda. Trató de perderla entre los callejones, alejándose de la plaza en la que estaba robando aquel día. En lugar de ir hacia su nuevo refugio, una antigua tienda abandonada a las afueras de Kahje, se dedicó a zigzaguear en la dirección opuesta, esperando perder a su perseguidor. Habían pasado solo un par de meses desde que se fue del grupo de ladrones, y no le había ido nada mal por su cuenta; pero siempre tenía cuidado de no cruzarse con ellos, evitando las zonas en las que solían operar. Era posible que alguno le hubiera visto saliendo por la ventana de una casa y hubiera decidido seguirle; o también podía ser un guardia solitario, aunque estos solían cargar sin ninguna sutileza. Ya había tenido que huir de varios encontronazos así.
La sombra todavía le seguía, pegada a él.
«Es muy rápida» pensó. Se le acababan los callejones, así que decidió cambiar el enfoque y encararle. Corrió hasta un callejón sin salida y se dio la vuelta, dispuesto a enfrentarle.
—¿Qué quieres? —espetó. La sombra se detuvo a la entrada del callejón, aparentemente asustada por el repentino grito—. ¡Lárgate!
No obstante, en lugar de recular, dio unos pasos al frente y la luz de la luna la iluminó de pleno: era una niña, de no más de diez años, con ropas raídas y el pelo sucio y rubio cayendo a mechones sobe su rostro desnutrido. Iba descalza y le observaba con una mezcla de miedo y esperanza que desmontó todas sus defensas.
La niña extendió la mano, temblorosa. Le había visto robar.
«Quiere comida».
Se acordó de los días que él había pasado pidiendo, hambriento y apaleado, y se dio cuenta de que había muchos niños como él. Como esa niña perdida, abandonada y rechazada por el mundo, que se moría de hambre en las calles sin que los vecinos o el gobierno hicieran nada por ayudar.
—Perdona —musitó.
Con movimientos suaves, sacó del bolsillo un trozo de pan que llevaba encima y se lo tendió, esperando que ella se acercara a él. La niña dio unos pasos titubeantes y alargó la mano hasta coger el pan, que agarró con rapidez por si fuera una trampa. Bekke se quedó quieto mientras ella retrocedía y engullía el pan, tosiendo por su sequedad.
—Tranquila, come despacio.
La niña le miró al terminar, esperando más, pero a él ya no le quedaba. Tendría que ir hasta su refugio con él.
—¿Cómo te llamas? —preguntó. Tras un minuto de silencio, ella respondió:
—Ali.
—Encantado, Ali. Yo soy Bekke. —Le tendió la mano y esperó a que ella la aceptara. Parecía que Ali comenzaba a confiar en él, porque le agarró la mano y no se la soltó. Bekke contuvo una sonrisa—. Si quieres comer, puedes venir a mi casa. Y también puedo enseñarte a conseguir comida por ti misma, si quieres.
Ali le miró con sus enormes ojos llenos de alegría, y supo que estaba haciendo lo correcto. Había intentado sobrevivir siguiendo las normas de los demás: ahora lo haría a su manera. Con Ali de la mano, recorrió las calles desiertas de Kahje y supo que pronto se le unirían más niños, deseosos de encontrar una vida mejor. Les daría las herramientas necesarias y, un día, él mismo saldría a perseguir su sueño.

 

Entradas relacionadas

Cuervo Fúnebre en las redes. Lector voraz de fantasía y ciencia ficción que pretende escribir más de lo que una vida mortal le va a permitir. Adoro las culturas antiguas y las ciencias en general.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.