Relato: Dos almas

Relato: Dos almas

   Su mano derecha sostenía, dubitativa, la daga. Sentía que el frío metal punzaba su mano. Frente a él, en un altar de piedra, se encontraba su víctima mirándolo a los ojos. Los mismos ojos oscuros que días antes sonreían al verle. Ahora la vida de su hermano dependía de él, ¿cómo puede alguien hacerle eso a un niño? Uno de los dos debía morir, Tukka lo sabía, no paraban de decírselo. ¿Por qué tenían que haber nacido como gemelos? «Un alma en dos cuerpos —recordó—. Uno debe ser sacrificado para completar al otro». ¿No era sencillo? Sólo tenía que bajar la daga y todo habría acabado. ¿Por qué no era capaz de hacerlo? La mirada de Sokka no resultaba de ninguna ayuda. Podía leer el miedo en sus ojos, pero también la determinación. Sokka siempre había tenido claro que llegado un día uno de los dos tendría que morir para que el otro fuera plenamente aceptado por el clan. Tukka no, él pensaba que llegado el momento les perdonarían. ¿Quién en su sano juicio obligaría a un niño a matar a su hermano?
   Tukka miró hacia la base de la pirámide. Allí la gente se congregaba y entre toda la multitud debían de estar sus padres. ¿Llorarían la muerte de Sokka o la aceptarían porque esa era la tradición? El silencio se había apoderado de la pirámide y de sus alrededores. Tenía todo el día para llevar a cabo el sacrificio; si no era capaz, Sokka tomaría su lugar, pues no haber tenido el valor de cumplir con su deber para con la tribu le haría indigno de esta.
   Bajó la mirada hasta los ojos que eran iguales a los suyos. «¿Llorarías mi muerte, hermano? —quiso preguntarle—. ¿Serías capaz de matar a tu otra mitad?». Tukka tomó la daga con ambas manos y la alzó por encima de su cabeza. Se detuvo.
   —Lo siento, hermano —pronunció antes de clavarse la daga en el vientre y deslizarla hasta desentrañarse—. Sokka… —susurró al desplomarse sobre sus rodillas.
*
   Sokka miró atónito cómo su hermano se desangraba. No entendía por qué lo había hecho, ni por qué sonreía. «No siento pena. No estoy triste. Así lo han decidido los dioses», pensó al tiempo que Tukka quedaba inerte en el charco de su propia sangre.
   —Los dioses han hablado. Sokka es ahora nuestro hermano —dijo el chamán del clan.
   La gente que aguardaba silenciosa rompió a gritar convirtiéndose en un murmullo ininteligible como el zumbido de un avispero que ha sido azotado.
   —¡Sokka! ¡Sokka! —gritaban al unísono.
   El sacrificio de Tukka le había concedido una nueva vida. Ahora su alma le pertenecía por completo.

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Cuervo Fúnebre en las redes. Lector voraz de fantasía y ciencia ficción que pretende escribir más de lo que una vida mortal le va a permitir. Adoro las culturas antiguas y las ciencias en general.

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